La decisión del Tribunal Supremo de mantener sus medidas cautelares sobre la ley de nietos me ha hecho reflexionar sobre el voto. Como alguien que lleva casi una década viviendo en España y que no podrá votar en el 29-N, la idea de que se permita votar votar a personas que ni han pisado España me genera cierta sensación de injusticia, aunque no por las razones que seguramente muchos imaginarán. Dejando a un lado el intento de manipulación demográfica por parte de este Gobierno reaccionario, existen motivos morales y filosóficos para oponerse a regalar el voto.
La conversión al judaísmo lleva tiempo porque tienes que demostrar que te tomas en serio tu decisión. El proceso de aprender, estudiar y asumir la identidad judía durante toda la vida tendrá una influencia duradera en cómo la vives. Por lo tanto, cuando te presentas ante el beit din—el tribunal rabínico que evalúa si por fin te incorpores a la comunidad judía o no—tienes que presentar tu caso con toda la sinceridad que demanda esta conversión. De hecho, una de las preguntas que te hacen es: «¿Por qué quieres unirte al pueblo judío, sabiendo que ha sido perseguido y oprimido a lo largo de la historia?» que solo hace hincapié de la gravedad de la decisión y la necesidad de comprometerte con el destino de esta comunidad.
La adquisición de la nacionalidad de otro país no es tan drástica como la conversión al judaísmo. Renunciar a una nacionalidad y adquirir otra no significa que tu vida corra (normalmente) con un peligro mayor. Sin embargo, el largo periodo que hay que esperar para poder solicitar la nacionalidad española—aunque parece injusto—es, no obstante, un periodo necesario demostrar que te tomas en serio la cultura y que eres consciente de que vas a integrarte en una comunidad a la que no has pertenecido desde el principio. Tienes que hacer el esfuerzo de aprender la lengua, entender y practicar la cultura, y contribuir a la sociedad, económica o socialmente, antes de adquirir el derecho de participar—o sea, formalmente—en decidir sobre el futuro de esta comunidad.
He leído muchas quejas a lo largo de los años que llevo aquí de que los residentes no nacionales en España no pueden votar. Y hay una lógica aquí a la que deberíamos hacer caso, porque si trabajamos y pagamos impuestos, es decir, si contribuimos económicamente, ¿por qué no deberíamos también tener un voto sobre quién nos gobierne desde la Moncloa y en nuestras comunidades autónomas? Si nos afecta a nosotros tanto como a los ciudadanos españoles, ¿por qué no podemos participar en la deliberación democrática?
El problema es que en muchos casos sí tenemos estos derechos, pero en los países que hemos dejado atrás para hacer nuestra vida en España. Salvo cuando hemos huido de una dictadura o una guerra cuando el voto en nuestro país es inexistente o imposible—es decir, un refugiado—, casi siempre es una decisión propia para venir a un nuevo país. No digo, por supuesto, que alguien que no tiene otra alternativa económica o deba tener la posibilidad de emigrar. De hecho, creo que las reglas y procesos que tenemos hacia los que hemos venido desde fuera de España necesitan mucha reforma para que sean más claros. Pero aunque podemos entrar y contribuir a su sociedad, no significa que debamos recibir automáticamente los mismos derechos políticos que sus ciudadanos.
El proceso de integración ha sido para mí una aventura verdaderamente espiritual que ha resultado en la formación de mi nacionalidad española antes de recibir los papeles y me ha ayudado a desarrollar mi propio patriotismo español y defensa de este país, bajo cualquier gobierno. La solidaridad con los valencianos tras la DANA que sentí no surgió únicamente por la humanidad, sino por el crecimiento orgánico de un sentimiento nacional. Ver a personas sufrir y morir, que han vivido una realidad cotidiana semejante a la mía, que van a comprar a Mercadona o que tienen que lidiar con Hacienda igual que yo, genera en mí una solidaridad menos abstracta y más tangible.
He intentado durante todo el tiempo que llevo aquí autoimponerme las mismas condiciones que asumiría cualquier español de nacimiento aquí, hasta hacer el acceso a la universidad para empezar mis estudios en español, y abstenerme de votar en las elecciones británicas porque ya no vivo allí. Sé que puedo hacer más, y lo haré, pero así es el esfuerzo necesario para llegar a ser español al rechazar otra nacionalidad.
La nacionalidad es, en definitiva, algo más que simplemente los papeles que permiten residir permanentemente en España. Representa una conexión espiritual con la comunidad que va mucho más allá de un pasaporte. Adquirir la nacionalidad debería requerir un proceso de integración que exigiera de aprender la historia, el sistema político, la cultura, la música, las leyes, las costumbres de la comunidad a la que nos queremos unir, y a veces eso significa un periodo de reflexión y observación, sin una voz formal en las decisiones políticas. Primero, deberíamos acercarnos a una comunidad en la que no hemos nacido con humildad y con la disposición de asumir las dificultades, porque pagar los impuestos sin tener una voz efectiva es difícil. Pero obtener la nacionalidad debería significar algo que solo el tiempo puede proporcionar, y antes de recibirla, tenemos que contribuir.
Desde una perspectiva mazziniana, así es la diferencia entre un ciudadano nacionalizado que tiene derecho a votar y un residente extranjero, ya sea permanente o temporal. Aunque un residente siempre debería gozar de Las mismas libertades civiles fundamentales que los ciudadanos españoles, más que nada porque es su manera de participar cívicamente en la sociedad. Siempre deberían tener garantizados los derechos de la libertad de expresión, la libertad de asociación y la posibilidad de participar en la vida política y social del país. Pero el derecho al voto requiere la entrada en el pacto nacional entre el individuo y la nación, que debe surgir de una decisión consciente de este individuo de participar en el desarrollo histórico del país. Eso es algo mucho más allá de la contribución económica.
Por lo tanto, el voto es algo precioso porque representa esa conexión espiritual entre el individuo y el pueblo. Vivir en un país no significa pertenecer automáticamente a su comunidad política como ciudadano. Esa pertenencia requiere un compromiso que vaya más allá de residir en el territorio o contribuir económicamente: exige la voluntad de integrarse en la nación y asumir la responsabilidad de participar en su desarrollo histórico. La ciudadanía no es simplemente un derecho que se recibe, sino un compromiso que se asume.



