Los mazzinianos tenemos un problema en estas elecciones. Como no existe ningún partido que nos represente plenamente, si buscamos entre los programas electorales encontraremos tantas convergencias como divergencias con nuestros principios. Dicho eso, creo que los mazzinianos deberíamos ir a estos comicios pensando en algo más importante: la democracia.
Como oposición democrática, estamos ante una situación muy peligrosa. La bestia herida que es Sánchez ya está poniendo en marcha un plan de supervivencia que puede llevarle a extremos que todavía no hemos visto. Para él, este adelanto electoral no es un plebiscito para consolidar un mandato (que tampoco tenía): se trata de su libertad personal. Por lo tanto, solo podemos esperar que juegue duro, chungo y sucio, como siempre ha hecho.
Ya estamos viendo este plan en acción. Se ha aprovechado de la tormenta en torno al desahucio de la señora Maricarmen, sabiendo muy bien que el Congreso iba a tumbar los dos decretos de vivienda, para lanzarse a la batalla electoral con toda la fuerza de la que dispone. Y no es casualidad que toda la izquierda ya se haya movilizado sin que apenas haya arrancado la campaña electoral. Ha empleado todas sus fuerzas propagandísticas para fomentar la ira, el odio y el miedo y crear la impresión de una movilización social masiva que sirva para desmoralizar a la oposición democrática.
Es más o menos la misma fórmula que utilizó Mao Zedong durante la Revolución Cultural, cuando la izquierda radical se enloqueció de verdad y a un coste humanitario devastador.
Hay que reconocer que este no es el comportamiento de un Gobierno progresista, sino de uno profundamente conservador. Bajo el sanchismo, el PSOE ha seguido un rumbo maximalista y cínico que solo tiene parangón con el de los partidos más derechistas, aunque se disfrace de centroizquierdista. Ha recurrido a tácticas maquiavélicas y contrademocráticas para alcanzar un dominio partidista de las instituciones políticas. Sánchez lo ha transformado en un partido reaccionario que sirve únicamente a sus propios intereses y a los de su pandilla. No debemos dejarnos engañar por las etiquetas políticas.
Por lo tanto, creo que debemos mirar a las autocracias de derechas para entender bien a lo que nos enfrentamos. Estamos en una situación parecida a la que vivieron los húngaros bajo Viktor Orbán quien, durante sus 16 años en el Gobierno, colonizó las instituciones y la prensa para consolidarse en el poder sin necesidad de convertirse en un dictador. Fue un autócrata que explotó la Constitución para su propio beneficio y para la consolidación de su partido.
Todavía no estamos en el mismo punto en el que estaba Hungría porque solo llevamos ocho años de este Gobierno y seguimos (pese a los asaltos orquestados por el Partido Socialista) con una prensa plural y un sistema judicial que funciona. Pero si pudiéramos viajar en el tiempo para advertir a los húngaros de las consecuencias que tendría Orbán para su democracia, creo que lo haríamos todos.
Pues entonces, ¿cuál debería ser la respuesta mazziniana y republicano-democrática a esto? Bueno, ya tenemos el ejemplo de nuestros amigos húngaros.
En abril de este año, los húngaros lograron una revolución pacífica, democrática y cívica contra Orbán que finalmente lo descabalgó. Pese a las diferencias políticas, los partidos de izquierda decidieron no presentarse para permitir que el partido de centroderecha TISZA, liderado por Péter Magyar, obtuviera la mayoría necesaria para iniciar el proceso de desorbánización. Los húngaros mostraron al mundo cómo llevar a cabo una revolución no violenta y democrática mediante la unidad nacional. Fue el mazzinianismo en acción.
Pues, si los húngaros pueden hacerlo, nosotros también.
De todas maneras, como oposición democrática, hay que reconocer que no tenemos la ventaja. En vez del apoyo de la Unión Europea, tenemos la indiferencia y, en vez de una oposición consolidada, estamos muy fragmentados.
Pero, aun así, creo que Pedro Sánchez, con su estrategia reaccionaria, está cometiendo graves errores que sería mejor no interrumpir. El efecto de las huelgas generales, las manifestaciones y el miedo solo sirve para alimentar el resentimiento de la gente corriente y trabajadora que tiene que soportarlo. Entonces tenemos un arma secreta muy poderosa: el voto silencioso. Frente a todo el pánico que va generando para hacernos sentir solos, tenemos que mantener la calma.
Lamentablemente, estas elecciones no se tratan principalmente de programas políticos. Es una pena, porque tenemos muchos problemas que siguen pendientes de solución. Pero es más importante que preservemos nuestro sistema democrático. Lo digo porque no todas las leyes que ha aprobado el Gobierno han sido malas y creo que hay problemas en los que ha acertado. Y tampoco creo que todas las políticas propuestas por una posible coalición PP-Vox sean buenas o sean compatibles con los principios mazzinianos.
Pero Sánchez representa una forma de malignidad política que no procede de su ideología, sino de su comportamiento, y, como un virus, va envenenando tanto las instituciones como la práctica política en general. Por eso, tenemos que dejar a un lado nuestros intereses y votar para echar a Sánchez, porque es un deber cívico. Contra la reacción sanchista, tenemos que ser revolucionarios de verdad, haciendo del amor a la patria, del patriotismo y de la unidad nuestra fuerza.



