Empezando desde cero
El internacionalismo es algo que siempre he admirado de la izquierda. Frente al aislacionismo ingenuo de la derecha actual, un movimiento que defiende los principios demócratas de una manera universal es envidiable. La antigua ala de la izquierda occidental, tanto el tercer campo como los socialdemócratas, siempre mostraba solidaridad con la víctima, ya sea bosnia, kuwaití, estadounidense o iraquí, y entendía que la democracia y el totalitarismo jamás pueden coexistir. Pero aunque ese valor de apoyar la víctima contra el opresor es uno muy básico, a veces nos resulta difícil aplicarlo, particularmente cuando nos insta criticar a nuestro propio lado ideológico. Y la izquierda siempre encuentra esa dificultad en el conflicto entre Israel y Palestina.
Los intentos por parte del grupo terrorista de Hamás nos han chocado a todos. Aunque las intenciones genocidas de la banda yihadista estaban bien conocidas, cuando los grupos así llevan a cabo estas mismas intenciones, siempre es impactante. En su Carta Fundacional, Hamás expresa qué quiere hacer con los judíos, y en el artículo 7 hace referencia al hadiz que anima la aniquilación de los judíos, y no tenemos por qué no tomarlo en serio. Es secuestro de los fiesteros jóvenes para torturar y violar, el asesinato de los bebés en sus cunas, la masacre de las familias israelís en sus casas, todo esto es solo el cumplimiento fiel a este compromiso en la Carta. No nos deberíamos sorprender cuando sus propias acciones coinciden con sus palabras.
La diferencia principal entre los fascistas y los comunistas es que los fascistas son honestos. No es raro que los de la extrema derecha apoyen el terrorismo de Hamás. Siempre los fascistas han mantenido relaciones estrechas con los baazistas en Irak y en Siria, y han cultivado las mismas con Hezbolá y Hamás también. Y no solo es la judeofobia la que los une, sino también la creación de un estado étnico y totalitario. Fascistas que apoyan a fascistas no es algo extraño. A los comunistas les gusta erigirse como defensores de la democracia y los derechos humanos, pero ¿por qué siempre se encuentran en contubernio con su peor enemigo? Por supuesto, porque no son tan diferentes. Solo son mentirosos.
Esta vez ha sido diferente. Antes, criticar más la respuesta de Israel y blanquear a los terroristas era más fácil porque, en general, los que fallecían eran los soldados israelíes. Pero con las escalofriantes imágenes de lo han cometido los yihadistas, la contundente evidencia de asesinatos de inocentes y de infanticidio, decir que “te opones a toda la violencia” ya no basta. El fallo de no condenar a Hamás y querer que sea eliminado será un fracaso inolvidable. Las declaraciones reprobables de los “activistas” de Sumar y Podemos sirven solo para dejar claro que aprueban el terrorismo como medida política, y que son infieles a los valores humanitarios que fingen tener. Aun con la muerte de una española, ni piden perdón, ni dimiten. Lo menos que pueden hacer es unir con sus aliados de la Falange.
No descarto ninguno de mis principios internacionalistas, pero confieso que es difícil simpatizar con la causa palestina. Especialmente cuando la comparas con la kurda. Los kurdos tienen una lucha de autodeterminación más larga, y su conducta, por lo general y aparte de Partido de los Trabajadores de Kurdistán, ha sido impecable. Tras sufrir un genocidio de verdad a las manos de Saddam Hussein, en querer sacudir la opresión baazista, nunca acudían al terrorismo ni matar a inocentes para conseguir su liberación. En lugar de exigir la destrucción total de Irak, los kurdos lucharon por una nueva república durante 2003 y participaron en las primeras elecciones libres del país. Además, se esforzaron en construir una democracia más o menos liberal, con una prensa libre, elecciones, y derechos de las mujeres. Los palestinos simplemente no han hecho lo mismo, aun en la cara de menos represión y más generosidad occidental. Las autoridades palestinas rechazan particiones razonables, lanzan cohetes contra los civiles israelíes, promueven el odio y la destrucción de sus vecinos, y utilizan la ayuda que mandamos para mantener sus gobiernos autoritarios, corruptos, y machistas, sin ningún interés de resolver el conflicto.
Dicho esto, nadie ha sido más crítico del gobierno israelí durante estos últimos años. La política de la coalición encabezada por Likud ha contribuido al alejamiento de una resolución sólida. El cambio dentro de la sociedad israelita se ha vuelto más y más sectario, y en las revueltas en 2022, vimos por primera vez la tensión entre los judíos y los árabes israelís. Esta tensión se deriva del aumento de la extrema derecha y han sido imprescindibles para el gobierno de Netanyahu. Tras la Ley de Nacionalidad aprobada por la Knéset en 2018, que define Israel como el estado-nación de pueblo judío, las divisiones étnicas solo han crecido. La reclasificación de la lengua árabe como reconocida en vez de cooficial como era antes también fue un paso alarmante a más disturbios étnicos. Es más, la larga ocupación de Cisjordania y la lenidad hacia los colonos judíos es solo una gota de la lista larga de mala conducta por parte de Israel. Lo mejor de la pandemia en 2020 es que evitó la nefasta propuesta de Naftali Bennett de anexar Judea y Samaria.
La respuesta israelí a estos atentados recientes tampoco ha sido buena. Aunque la entiendo, es difícil ver las ventajas, tantas morales como prácticas, de estos bombardeos, independientemente de cómo se ejecuten. Una tendencia triste en la política de exterior israelí es abogar por el unilateralismo, sin importar lo que piense la comunidad internacional. Esta realidad es desde luego un resultado del sesgo atrincherado en la ONU y otras organizaciones internacionales, pero las consecuencias todavía son graves, y en esta ocasión, los israelíes son de nuevo presentados como los agresores cuando en toda realidad ellos han sido las víctimas. La simpatía no superaba la politización inminente y ahora ya se ha desvanecido.
El ataque contra los israelíes de una manera tan indiscriminada y violenta era una oportunidad para que el gobierno israelí intentara algo nuevo. En vez de actuar como si fueran solos y su existencia solo dependiera de ellos mismos, tenía la oportunidad de llamar a la comunidad internacional por ayuda y quizás para formar una coalición anti-terrorista para liberar los gazatíes de Hamás. Así, una coalición multilateral dirigido por Israel habría tenido la misma justificación como la contra Estado Islámico formado en 2014. Para mí, eso fue el único para eliminar tanto el sufrimiento de los civiles en Gaza como los terroristas que los tienen como rehenes. Enseguida, una reocupación de la Franja y su devuelta a la Autoridad Nacional Palestina para nuevas elecciones. Vamos a necesitar un compromiso por varios años de la comunidad internacional de deradicalizar todo el adoctrinamiento antisemítico en Gaza y volver a donde estuvimos en 2005. Tenemos que empezar desde cero.
En el Occidente, ya estamos acostumbrados a la violencia en esta parte del mundo. Creo que lo miramos cada vez se calienta el conflicto, pero estamos resignados a que se quede congelado para siempre. Ya hemos elegido nuestro lado y solo hay que salir en apoyo de ello cuando es necesario, y el resto del tiempo mantenemos una indiferencia apasionada sin mucho interés. El lujo de creer en la ilusión de una solución de dos estados es un síntoma de esta indiferencia.
Es una pena decirlo, pero la visión más realista no es perpetuar el sectarismo existente que dejó el Imperio Británico, alimentando los problemas étnicos en el antiguo Mandato. No veo cómo una política de separación entre judíos y árabes pueda ser el fin de la violencia. Mejor, un estado binacional de Israel-Palestina donde todos son ciudadanos que votan y que gozan de los mismos derechos, y sirven en el mismo ejército. Dos banderas, dos pueblos, en un estado, y así los israelíes tendrían toda su patria, y Palestina estará libre desde el río hasta el mar.



